¡Se acaba la espera!

Posted by Unknown On 8:47 0 comentarios

Hace tiempo que no tengo tiempo para mí misma, y eso significa que no he tenido ni un solo momento para ponerme a escribir. Eso no quiere decir que no tenga ideas nuevas, que las tengo. Sin embargo, todas están archivadas en mi cabeza y se mueren por ser escritas. 
Oh sí, señores, las ideas quieren escapar de la materia gris que las aprisiona; y probablemente lo consigan durante estas vacaciones.


(Descripción gráfica del interior de mi cabeza)

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No tan mala persona

Posted by Unknown On 5:55 0 comentarios

Era una fría mañana de invierno cuando Barney Green salió a dar un paseo a las cuatro de la madrugada. Una ráfaga de viento le heló la coronilla y le tiró el sombrero al suelo. Refunfuñando, se agachó para recogerlo, pero otra ráfaga traviesa quiso fastidiarlo y movió su bombín hasta el medio de la calle.


Corrió para coger su sombrero. A penas lo había tocado cuando lo embistió un automóvil. Green se golpeó fuertemente la cabeza contra el parabrisas, resbaló por el capó y rodó por los suelos. 
El tío del coche pensó que le había dado a un ciervo y se dio a la fuga para no tener que pagar la multa. El duende se arrastró como pudo hasta la cuneta. No podía levantarse, sangraba y por dolerle le dolía hasta el apellido. Quiso reincorporarse, pero sentía una molestia tan punzante que lo único que pudo hacer fue tumbarse boca arriba hasta que todo se redujo a dolor y oscuridad.

Barney Green se despertó sobre lo que parecía ser… una nube. Todo tenía color azul celeste y había adornos resplandecientes por todas partes. Se dio cuenta de que el suelo no estaba formado por baldosas, sino por nubes. Se temió lo peor. De un brinco, se puso en pie y se miró las manos y los pies. Ya no le dolía nada ni tenía sangre. La cosa se estaba poniendo fea.

-Veo que ya ha despertado… Debe usted confirmar que ha llegado.

-Confirmar que he llegado, confirmar que he llegado… -refunfuñó Green.

-Dese prisa, ha de firmar. Al jefe no le gusta esperar.

-¿Estás haciendo rimas?

-Que no te quepa duda. ¿Boli o pluma?

-¡Qué patético! ¿A qué te dedicas?

-Yo soy San Pedro, y cuido las puertas del cielo.

-¿El cielo? No, no, no… Debe haber un error. Yo soy malo, siempre he sido malo.

-No se llega aquí sin razón, tal vez tengas un buen corazón.

-¡No! ¡No, no, no! No pienso quedarme en este sitio repipi lleno de gente cutre y sin ritmo como tú. Es imposible que alguien pensara que mi sitio está en el cielo, definitivamente debe haber un error. Yo soy malo –rió nerviosamente.

-Acepto tu teoría, nadie osaría despreciar mi poesía.

-Yo lo hago. Me quiero ir de aquí, ni siquiera tengo cerillas… -se lamentó infantilmente el duende.

-Si te quieres largar, tendrás que pasar unas antiguas pruebas. Son fáciles de realizar, y nunca nadie las cambia por nuevas.

San Pedro chasqueó sus dedos y envió a Barney Green al lado de una mujer que lloraba y gritaba con desesperación. Enfrente de ellos había una casa en llamas, y podía verse a un bebé llorando también desde la ventana.

-¡Mi bebé! ¡Mi bebé! ¡Que alguien salve a mi bebé! –exclamaba la mujer.

El duende miró a la madre, miró al niño, y no se lo pensó dos veces. Cogió a la mujer a cuestas, la llevó hasta la casa y la encerró dentro. Comenzó a saltar y a reír mientras oía como madre e hijo lloraban dentro de la casa.

San Pedro apareció a su lado.

-Tu actuación ha sido la adecuada, tienes la entrada al cielo asegurada.

-¡Pero si acabo de tirar a esa mujer al fuego!

-Has reunido a un hijo con su madre. Serán felices mientras nada los separe.

-Será posible… ¡envíame a la siguiente prueba!

San Pedro volvió a chasquear sus dedos y esta vez Barney Green apareció dentro de un coche estacionado en el aparcamiento de un súper. Por el retrovisor vio como un hombre guardaba bolsas en el maletero. Rápidamente cortó los frenos al coche y se escondió entre risas pensando en lo que iba a pasar. 
El hombre se subió al coche y al llegar a carretera no pudo frenar, chocó con un camión que volcó, hubo una explosión y se incendió el asfalto.

El duende volvió a reír satisfecho.

-¿Qué hay de eso? ¡Ha sido la prueba de ingreso al purgatorio! ¡JAJAJA!

San Pedro volvió a aparecer junto a él.

-Excelente decisión, ni yo lo hubiera hecho mejor.

-¿En serio? ¡Si se ha muerto!

-Has evitado que ese hombre fuera a comprar tabaco y abandonara a su esposa. Le daré el pésame de tu parte, también le enviaré una rosa.

-¡Siguiente prueba!

San Pedro chasqueó los dedos como las veces anteriores y envió a Barney Green a una tienda de licores. Miró a su alrededor y no vio nada especial. Desesperado por obrar mal, cogió una botella de absenta y se la estampó en la cabeza a un tío que pasaba por su derecha. 

San Pedro apareció junto al sangrante individuo que acababa de caer al suelo.

-Esa ha sido una buena enmienda, puesto que este malhechor pretendía atracar la tienda.

-¡Venga, hombre, tienes que estar bromeando!

-He sido totalmente sincero, ahora debemos volver al cielo –se sacó el busca del bolsillo y lo miró con sorpresa -. Señor, pero qué es lo que veo… ¡eres un forastero! Tu hora no ha llegado todavía, volveremos a vernos otro día.

Y dicho esto, volvió a chasquear los dedos. Barney Green volvió a encontrarse tumbado en la cuneta. Dolorido, se puso en pie y recogió su bombín del suelo. 

-Qué lástima, se ha hecho un agujero. Ahora tendré que arreglarlo o ir a comprar otro nuevo.

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El villano de la cicatriz

Posted by Unknown On 14:28 0 comentarios



Un tiroteo siempre es algo incómodo para cualquier policía. Esto no era diferente para Bruce Reese, quien se escondía tras la columna de un parking para evitar que unos malechores le pegasen un tiro. 

-¡Soltad al dependiente del Corte Inlgés! –gritó a los ladrones.

Dos hombres habían entrado con metralletas en el Corte Inglés para robar ropa y venderla después en los mercaos de los pueblos a cinco euros la prenda. El dependiente había conseguido dar la alarma de seguridad y la policía llegó cuando los ladrones aún estaban dentro, pero estos se agenciaron un rehén y corrieron hacia el parking para guardar su caro hurto en una furgoneta. Bruce era el único que había conseguido seguirles y se encontraba sin refuerzos; con el chaleco antibalas y el arma reglamentaria de la policía como única compañía. Aquellos personajes no parecían muy amistosos, y tampoco se quedaban sin balas.

En cuestión de segundos los refuerzos aparecieron, el rehén comenzó a gritar y el pobre Bruce, que ya había perdido los nervios, salió de detrás de la columna y disparó. Todos se congelaron en su sitio y el inspector Rasnick ordenó que arrestaran a los ladrones.

-¡Reese…! ¡Has disparado a un civil! –le dijo el inspector con el ceño fruncido.

Bruce soltó el arma y se dejó caer sobre la columna con la mirada perdida. Era la primera vez que le pasaba una cosa así, y sabía que iban a tener que abrirle un expediente por ello.

Aquella noche, cuando regresaba a casa, su coche se paró. Bajó malhumorado para ver si había algún problema y llamar a una grúa, aunque no le dio tiempo. Una limusina paró frente a él. La puerta se abrió y vio a un hombre pelirrojo con una cicatriz que le recorría toda la cara y vestía de morado.

-¿Bruce Reese? –preguntó él.

-Eh… Sí, soy yo –le respondió Bruce con inseguridad.

-Suba, por favor –dijo el pelirrojo sonriendo mientras le indicaba con la mano que se sentase a su lado.

Bruce vaciló por un momento. Subir a una limusina con un tío pelirrojo con una cicatriz gigante en la cara y que viste de morado es precisamente una de las primeras cosas que una madre te prohíbe hacer. Ignoró lo extraño del asunto y subió.

-¿Quién es usted? ¿Por qué sabe mi nombre?

-Me llaman Castor; y, como se habrá imaginado, sé perfectamente quién es usted.
Bruce le tendió la mano, pero su interlocutor la miró con horror.

-No, no, no, no me toque. No me gusta mantener contacto físico. Sé lo que le ha pasado hoy y me temo que no podrá seguir trabajando en su ciudad. Usted debe huir y trabajar para alguien que sepa disculpar sus errores.

-Fue un accidente, no debería haber acabado así.

-Y yo le creo, señor Reese. Me encantaría que los demás pensasen como yo. Sin embargo, vivimos en un mundo cruel donde las personas no tienen segundas oportunidades. Si quiere la suya, deberá dejar lo que tiene y venir conmigo.

-¿Y qué pasa con mi mujer? ¿Y mis amigos?

-Ha matado a un inocente, ¿acaso cree que ellos lo apoyarán? Los asesinos no están bien vistos por la sociedad.

-¡Yo no soy ningún asesino!

-Ahora sí. Yo le daré una nueva identidad.

Pasó una semana y nadie sabía nada de Bruce Reese. Su mujer había obligado al inspector Rasnick a reunir un equipo de búsqueda porque pensaba que lo habían secuestrado, ya que su marido nunca había estado tanto tiempo fuera de casa sin comunicarle nada. Su foto salía en todas las noticias y sus amigos se preocupaban por él. 

Pero desgraciadamente, Bruce no sabía nada de eso. Él se encontraba en un quirófano en aquellos momentos, donde no había mucha cobertura y tampoco había televisión. Se despertó tumbado sin camisa y atado una camilla mediante correas. Un foco le alumbraba la cara, lo que le molestó al abrir los ojos. No sabía cuánto tiempo había estado durmiendo y por qué estaba allí. Intentó levantarse y comenzó a moverse frenéticamente en la camilla al ver que no podía soltarse.

-Se va a caer usted al suelo –le dijo una señora de unos cincuenta años bastante chaparra, con acento mexicano y que llevaba unas gafas con las patillas demoníacamente retorcidas.

-¿Qué estoy haciendo aquí?

La señora se sacó un bote de pronto del bolsillo del delantal y se puso a limpiar el foco encima de él. No había nadie más allí, y la señora de limpieza parecía ser su ticket de ida hacia la libertad.

-¿Puede soltarme?

-No, no… -respondió ella antes de seguir limpiando.

-Por favor. O al menos explíqueme qué es este sitio.

-No, no… Yo no digo…

El tío de la limusina entró en el quirófano con una bata blanca y miró a la limpiadora con rabia antes de coger unos guantes.

-¡Consuela! ¡Le tengo dicho que no limpie cuando estoy trabajando!

-Yo limpio quirófano…

-Pues límpielo después.

-No, no, yo limpio ahora…

-¡Lárguese de aquí! –le gritó Castor sin paciencia.

-Está bien…

Esperó a que la señora se fuera para dirigirse a Bruce.

-¿Cómo se encuentra, señor Reese? ¿Bien? ¿Necesita más tranquilizantes?

-¿Para qué iba a necesitar tranquilizantes? ¿Y por qué estoy atado?

-Se puso usted bastante violento durante la operación. Tuvimos que atarlo y darle una cantidad considerable de tranquilizantes. ¡Pero parece que ya está usted bien! Comprobemos qué tal funciona.

-¡¿Qué operación?!

Castor le desató las correas y le inyectó una aguja sin prestarle la menor atención.

-¿Por qué no me baila usted el aserejé?

-No pienso bailar eso… ¿Qué era esa aguja?

-¿No quiere? Yo sí. Baile el aserejé, por favor –pidió de nuevo mirándolo directamente a los ojos.

La cabeza de Bruce comenzó a doler hasta el punto que creía que estallaría. Sentía como si se estuviera electrocutando y podía oír la voz de Castor dentro de su cabeza ordenándole que bailase el aserejé. Sin haberlo pensado siquiera, sus músculos comenzaron a moverse solos haciéndolo a bailar la canción de las Ketchup.

-¿Qué me está haciendo? 

-Es un pequeño dispositivo que pongo a todos mis trabajadores. Es en parte un GPS y a la vez me permite tener control mental sobre ellos, por si acaso alguien decidiera traicionarme.

-Usted controla la mente a su gente, ¿quién iba a querer traicionarle?

-No me gustan las ironías.

Se oyó una fuerte explosión y el quirófano voló por los aires. Bruce cayó contra un árbol, levantó la cabeza y vio trozos metálicos que volaban por los aires y lo que había sido el quirófano ardía en llamas. Se encontraba en lo que parecía un bosque, y, aunque no sabía el camino de vuelta a casa, salió corriendo justo antes de que se oyera otra explosión. Comenzó a correr intentando no hacer caso de la sangre que le resbalaba por la pierna ni del dolor que sentía por todas partes. De lejos pudo oír otra de esas explosiones y una carcajada que ya tenía más que conocida de fondo. Agradeció a Barney Green su aparición ya que le había dado la oportunidad de escapar. Siguió un camino hasta que llegó a la ciudad y continuó corriendo hasta la comisaría de policía.

-¡Mallory! ¡Mallory, necesito ver al inspector Rasnick! –gritó a su compañera del pelo a lo afro.

-¿Bruce? ¿Dónde te habías metido? ¡Todo el mundo está buscándote! ¿Por qué vas tan margullado? ¡Estás sangrando! ¿Y tu camisa?

-Mallory, por favor, deja de hacer preguntas y busca a Rasnick.

En quince minutos se encontraba en el despacho del inspector con un agente del EDSPGA y un coronel de la marina.

-Se hace llamar Castor –dijo el coronel tirando una carpeta con la foto del tipejo pelirrojo sobre la mesa -. No sabemos su verdadero nombre, pero sabemos que es un científico que se dedica a robar secretos de estado y a atentar contra el país. Señor Reese, usted ha colaborado con él y por ello me veo obligado a citarlo a un juicio castrense.

-¿Un lunático me implanta un chip y ahora me quieren castrar?

-Reese… -le susurró el inspector al oído -, castrense de militar, no de castrar.

-Oh… 

-Coronel Marks, es obvio que Reese no sabía de quién se trataba este individuo. Nuestra prioridad ahora debe ser sacarle ese dispositivo al agente y dar con el paradero de Castor –dijo Rasnick.

-Bueno… tiene un buen expediente, lo dejaré pasar por esta vez.

Al acabar la reunión Mallory lo agarró por detrás.

-Tienes que ir a visitar a alguien al hospital.

-¿Yo?

-¿Recuerdas a aquel dependiente del Corte Inglés?

-Le disparé por error… ¿es que no murió?

-¿Morir? ¡Le diste en la rodilla! Quiso verte en cuanto recuperó la consciencia para agradecerte que lo salvaras de aquellos ladrones.

Bruce se sintió estúpido. No había matado a nadie, y si hubiera preguntado antes se habría ahorrado tantas horas de culpabilidad y el chip en su cabeza.

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Historia del dragón de Madera

Cuando Ela creó los mundos y envió a los elementales a crear vida en ellos estos crearon a los dragones.
En el joven Shadow, los elementales crearon cuatro especies de dragones basados en ellos mismos, un dragón agua, uno de tierra, uno de viento y uno de fuego.
Además, el primer ser oscuro que se creó en aquel lejano mundo fue un Goracord. Un ser pequeño y verde que podía manipular el fuego. Más tarde en otros mundos, esos seres son llamados duendes.
Con el tiempo, los dragones de agua se hundieron en las profundidades y los de fuego se solidificaron en el interior de los volcanes. Solo los dragones de madera y los de viento quedaron sobre la tierra.
Tratando de dañar la obra de Ela, Goracord buscó la guarida de uno de los dragones de madera, y cuando la hubo encontrado esperó a que su morados regresara y le prendió fuego a él y a su hermano.
Los dos dragones de madera se asustaron y huyeron, pero uno corrió sin más y el otro corrió hacia el mar y se mojó en la orilla y pidió ayuda al dragón del agua y este sacó el agua más fría del mar y llamó al dragón del viento que enfrío el agua hasta que el fuego se apagó, pero el dragón se congeló y al romperse el hielo ya no era de madera. Ahora era de carne y hueso y su piel, estaba cubierta de escamas. Su aliento también se congeló y congelaba todo lo que tocaba. El primer dragón de hielo había nacido y desde entonces su estirpe ha protegido la obra de Ela. Pero, su hermano, que huyó, no encontró ayuda y se consumió. No murió, pero su piel quedo cubierta de escamas del color del fuego y su aliento ardía continuamente y quemaba aquello que tocaba. Juró destruir la obra de Ela como venganza por no ayudarle, y ese fue el principio de la enemistad de los dragones de carne y hueso.

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Los buenos nunca mueren

Posted by Unknown On 12:34 0 comentarios

Hace unos meses perdí a mi hermano, literalmente hablando. No sé dónde está.

Mi hermano mayor Henry se vino a vivir conmigo hacía poco porque había encontrado trabajo haciendo prácticas en la comisaría de policía de mi ciudad. Una noche no regresó a casa. Ni a la otra, ni a la otra, ni a la otra. Así durante ocho meses.

Al principio no le di importancia, pero cuando vi que no podía dar con él comencé a preocuparme y empecé a beber y a drogarme. Perdí el vicio una noche en la que me encontré a Belén Esteban pidiéndole coca a mi camello sin tener pasta y éste y sus matones la apalearon y la tiraron a una cuneta mientras ella gritaba “pues aun tengo mono, ¿vale?” como una loca. No es que me importe que zurraran a Belén Esteban, sino que yo también estaba sin blanca y había ido con el mismo propósito que ella. No quería acabar así, de modo que me puse a investigar acerca de mi hermano hasta que conseguí un nombre. Bruce Reese. Y aquí estoy, sentado en la comisaría esperando a que el señor Reese pueda hablar conmigo.


-Señor Conway, su mesa está por ahí –me dijo una mujer del pelo a lo afro que me hizo saltar de mi asiento con su repentina aparición.

Me dirigí hacia donde ella me había dicho y me senté frente a un hombre de mediana edad con el pelo corto y rubio, ojos azules y cara de no haber dormido nada. Claramente hacía días que no se afeitaba, aunque su traje estaba bien planchado.

-Michael Conway… me suena tu nombre. Y tu cara. ¿Nos hemos visto antes? –preguntó él.

-No, nunca. Soy hermano de Henry, él estuvo trabajando aquí hace ocho meses.

-¡Claro, Henry Conway! Por supuesto que lo recuerdo, ese chico se había aliado con el karma para dejarme sin corbatas. Os parecéis mucho, ¿cómo está?

-Desaparecido. No sé nada sobre Henry desde que trabajó aquí. Un día dejó de aparecer por casa y nunca más pude contactar con él.

-Se fue después de equivocarse con un caso.

-¿Se fue? ¿A dónde?

-Eso no lo dijo a nadie. Recuerdo que estaba empecinado con encontrar una cabaña en la que vivía Barney Green.

-¿El tipo que quema a la gente?

-El mismo, ¿has oído hablar de él? –preguntó entrecerrando los ojos.

-Sale mucho en las noticias. Oiga, me gustaría saber cuál fue el último lugar en el que estuvo.

Me dio un papel con una dirección que me llevó hasta una montaña. A mí nunca me gustó la montaña ni los bichos ni los senderos que te alejan de la mano de Dios. Admito que no sentía simpatía por el ambiente, sólo debía seguir por Henry. 

Había caminado ya varios kilómetros cuando me encontré a un viejo pequeñito con una barba canosa que le arrastraba por los suelos y vestía una sotana azul marino. 

-¿Quieres una estampita? – preguntó amablemente el viejecillo.

-No, gracias. Es que… soy judío. – le mentí, sí, pero no llevaba suelto y me sabía mal no comprarle una estampita.

-Cállate sarnoso. Mira, también vendo crucifijos.

-¿Crucifijos…?

-Sí. Sale Jesús crucificado en una cruz, ¿quieres uno?

-No.

-También tengo figuritas. Tengo una de un mono enjaulado en una jaula.

-¡No quiero nada de sus artículos de contrabando, me está haciendo perder el tiempo!

-¡Veste a la mierda, mugroso descarao! ¡¿No quieres comprar una estampita?! ¡Pues no te doy una estampita!

Le di la espalda al viejo y comencé a andar rápidamente. Aún así podía oír lo ofendido que estaba por la juventud de hoy en día y su enfado por haber perdido una compra.

-…¡¿Qué no quieres un mono enjaulao en una jaula?! ¡Pues no te doy un mono enjaulao en una jaula, mira tú qué problema! ¡Listillo repeinao! ¡Infiel!

Estaba tan preocupado por no preocuparme por el abuelo que me perdí. Pronto me vi rodeado por árboles, y seguramente hubiera empezado a llorar de no ser por una casita que estaba cerca del río. Toqué a la puerta con la esperanza de que alguien me abriera y me indicase dónde me encontraba. Una señora mexicana con un vestido rosa y unos guantes de fregar verdes fue quien salió de aquella cabañita.

-Señor astronauta no aquí… –me dijo ella con impaciencia en la voz.

-¿Astronauta? ¿Qué…? No, mire, me he perdido y me gustaría saber dónde…

-No, no… –interrumpió para después ir cerrando la puerta poco a poco.

-¡Espere! ¡Necesito su ayuda!

-No tenemos dinero…

-No quiero dinero, quiero una indicación. Si sólo…

-No, no… -volvió a interrumpir.

-¡Pero oiga…!

-No, no…  -dijo elevando la voz mientras negaba con la cabeza y después cerró de un portazo.

Volví a quedarme sólo en medio del bosque sin saber a dónde ir. Me entró sed y me acerqué al río, y cuando me agaché para beber, mis ojos no creían lo que veían. Entre hojas y ramas se escondía el bolígrafo de mi hermano. Me encontraba en el mismo lugar en el que él había estado, y aunque no tuviera más pistas, me sentía muy cerca de lo que buscaba.

Victorioso, me levanté y me puse a bailar el Gangnam Style para celebrarlo. Mientras bailaba, golpeé una roca que había a mi lado que, en lugar de rodar del sitio, abrió una trampilla en el suelo sólo a un par de centímetros a mi lado. Me agaché y miré por ella, aunque no conseguí ver nada ya que estaba muy oscuro. Antes de que pudiera volver a ponerme en pie, dos hombres vestidos con traje y sombrero llegaron y me golpearon en la cabeza dejándome inconsciente.

Me desperté en una sala completamente blanca. Mis muñecas y mis tobillos estaban sujetos a una silla mediante correas y dos focos de luz blanca apuntaban a mi cara.

-¿Quieres jugar a un juego? –escuché detrás de mí.

-¡¿Qué?!

-Na, era broma. ¿Cómo está esa cabeza? –dijo un tío calvo y gordo sonriendo.

-¿Dónde estoy? –le pregunté aturdido.

-En el edificio del EDSPGA. Debería haberte traído un ibuprofeno.

-¿Qué hago aquí? ¿Qué sucede?

-Has encontrado la guarida de Barney Green, eso sucede. Por el bien de la humanidad no podemos dejar que eso salga a la luz.

-¿Lo protegéis? ¡Ese golpe podría haberme matado!

-No, nosotros somos los buenos. Y tú también eres bueno. 

-¿Lo soy?

-Claro. Ya sabes… en las películas los buenos nunca mueren, sólo se hacen mucha pupa. 

-Entonces debo ser un santo. ¿Saben dónde está mi hermano?

-Tu hermano también era de los buenos. Al igual que tú, encontró la guarida de Green… solo que él tuvo la mala suerte de quedarse encerrado allí dentro y morir quemado.

-¿Murió quemado? ¿Pero no acaba de decir que los buenos no mueren?

-Eso son matices. Oye, ¿has visto alguna vez Men In Black? –dijo escondiendo una mano tras su espalda.

-Sí. ¿Qué importancia tiene eso ahora?

-Ninguna, solo que voy a flashearte –dijo volviendo a mostrarme su mano y apuntándome con un inesperado utensilio que acababa de sacar detrás de su espalda.

-¿Con una plancha? –pregunté burlándome de él.

-¡Es una plancha flasheadora, yo elegí el modelo! Y ahora, espero que te guste tu nueva vida –dijo antes de pulsar el botón de temperatura baja haciendo que la plancha emitiera un flash.

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