No hay nada peor que una vida solitaria, a no ser que te guste la soledad. Esta es la historia de un hombre que vivía completamente solo, con la televisión y su más grande adicción como única compañía.

Floyd Grant era un viejo cascarrabias delgaducho y con una gran mata de pelo canoso que disfrutaba los días mirando la televisión sentado en su sillón y vestido con su bata de terciopelo roja. Su comodidad dependía de aquel antiguo sillón verdoso y del canal más cutre de la historia que retransmitía las mentiras más estúpidas las 24 horas del día: la teletienda.

El señor Grant movía su gran barbilla mientras fruncía el ceño cada vez que mostraban un sospechoso artículo que lo hacía pensar en su dudosa pero magnífica utilidad. Entonces sólo tenía que coger el teléfono para incluirlo entre sus propiedades.

Su casa estaba tan llena de cosas inútiles y tan peculiarmente destartalada que todos sus vecinos pensaban que tenía el síndrome de Diógenes. Lo cual, obviamente, no era verdad. Él compraba aquellos inservibles objetos porque molaban mazo.

Todo se puso patas arriba el día en el que encargó un detector de psicofonías. En cuanto el repartidor tocó a la puerta, el señor Grant corrió hacia ella como sólo había visto correr a su madre la primera mañana de rebajas. Ansioso, le arrancó el paquete de las manos al repartidor y le cerró la puerta en las narices. Abrió el paquete y frunció el ceño.

-¡Oxígeno! –gritó un pato negro que salió del paquete.

Lo extraño no era el pato, sino la ausencia del detector de psicofonías. ¿Dónde estaría?

-¿Qué haces ahí dentro? ¡No te habrás comido mi detector de psicofonías!

-¿Detecta qué? Me metí en esa caja para huir de un cazador –dijo el pato ceceando a la par que sacaba sus patitas torpemente de la caja.

-¡Maldito pato ladrón!

-¡No soy un maldito pato ladrón, soy el pato Lucas! Y tú, viejo… ¡eres desppppreciable! –respondió escupiendo esta vez.

Dicho esto, el pato Lucas salió por la puerta con aire de ofendido. El señor Grant se disponía a quejarse por aquel envío tan poco profesional, así que fue a buscar sus llaves. Se dirigió al aparador y sacó una redecilla para el pelo fosforescente, un colgante de oro musical, una zapatilla con la suela de cemento y unos dados brillantes que siempre daban 3; y justo al fondo pudo encontrar sus llaves.

Fue a la calle y buscó un taxi, pero al llevar aquellas pintas de loco todo despeinado y con el batín rojo ninguno quiso llevarlo. Miró el horario de autobuses y se dio cuenta de que los había perdido todos simultáneamente, así que su única opción era ir con un mono vestido de chófer que conducía un cortacésped y que pasaba casualmente por allí.

-¿Puedes llevarme?

-¡Por supuesto! –dijo el monete haciéndole espacio al señor Grant, que subía con dificultad porque se escurría con las alpargatas. -¿A dónde te llevo, muñeco?

-A la tienda de la teletienda.

-Bien… ¡agárrate al filtro de aire y no acerques los pies a las cuchillas!

El monete y el señor Grant viajaban por la carretera a una velocidad de 3km/h, con el viento pegándoles en la cara y dispuestos a llegar a su destino.

Después de chocarse con tres farolas, una boca de incendios y atropellar a dos señoras en un paso de cebra, consiguieron llegar a la tienda de la teletienda. Entonces llegó la hora de la despedida.

-Muchas gracias, mono del cortacésped.

-¿Volveremos a vernos algún día? –preguntó el monete con los ojos cristalinos.

-Sólo el destino lo dirá, amigo mío –respondió el señor Grant. 

Y antes de echarse a llorar, dio media vuelta y entró a la tienda de la teletienda para reclamar sobre su detector de psicofonías. Se dirigió a una dependienta pelirroja que mascaba chicle con la boca abierta.

-Disculpe, vengo por mi detector de psicofonías.

-Un momento, por favor, enseguida lo atiendo –le dijo con una sonrisa antes de coger el teléfono y apretar a un botón -. ¿George? Tengo a un loco que habla de sionofobias aquí. Sí, ven y ocúpate tú de él –colgó el teléfono y volvió a dirigirse al señor Grant -. Un momento, por favor.

Un tipo corpulento vestido con un traje negro y un pinganillo en la oreja se acercó al señor Grant.

-¿Algún problema, señor? –le preguntó amenazadoramente.

-Sí, encargué un detector de psicofonías y en mi paquete sólo vino un pato.

-Oh, lo siento señor, es la tercera vez esta semana. Venga conmigo al almacén y le daremos su ejemplar.

El señor Grant salía muy feliz de la tienda de la teletienda con su detector de psicofonías bajo el brazo cuando un mono que conducía un cortacésped lo atropelló al cruzar el paso de cebra.

-¡Oh, no! ¡He matado a mi compañero de la carretera, soy un monstruo! –se lamentó el mono.

A pesar de su pena, el monito sabía que aquello que llevaba el viejo sólo podía ser el famoso detector de psicofonías. Si lo usaba, podría oír las últimas palabras que su querido compañero tuviera que decirle. Abrió el paquete y sacó de él un injerto de tuba y gramola con muchos botoncitos de colores. Se puso lo que sería la boquilla de una tuba en el oído y subió el volumen al máximo para poder oír el último mensaje del señor Grant para él:

-¡Maldito mono canalla!

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El poder de los libros

Posted by Unknown On 10:48 1 comentarios


Benjy Gilbert era un bibliotecario cualquiera que había vivido toda su vida en el campo. La vida allí era monótona y nunca sucedía nada nuevo. Era una vida tranquila y apacible, donde todos conocían a la perfección a sus vecinos.

Todo eso cambió una mañana de verano cuando los habitantes de Campoliso observaron la llegada de un camión de mudanzas. Las pertenencias de aquel camión eran de la familia Fetch, un matrimonio con un perro y un hijo. El hombre era alto y extremadamente delgado, con una larga cabellera negra que cubría sus hombros. Su mujer, por el contrario, parecía un tapón de balsa de 4 kilómetros de radio y era medio calva. En cuanto al niño y al perro… podríamos decir que eran casi idénticos. 

El señor Fetch se dedicaba a vender eBooks, la última tendencia en la ciudad y, para el gusto de Benjy Gilbert, una completa aberración. ¿Qué gracia tenía leer un libro si no podías disfrutar de su olor, sentir el tacto al pasar las páginas, guardarlo durante años o quejarte de lo mucho que pesa cuando cargas con él en el metro? Simplemente, ninguna.

Aquella familia ya se había camelado a todo el pueblo menos al joven bibliotecario, que se negaba a rebajarse a tal nivel. Como todas las mañanas, él abría la biblioteca y pasaba el día esperando a que alguien entrase, aunque sabía que realmente nadie iba a hacerlo.

O eso pensaba antes de ver entrar a un viejo alto y destartalado que vestía con un traje gris a rayas. Llegó corriendo, abrió las puertas de la biblioteca de golpe, miró a ambos lados y volvió a correr hacia Benjy. A penas le quedaba aire cuando se dirigió hacia él.

-¡Oh, una biblioteca abierta, acabas de salvarnos a todos!

Benjy se enorgulleció, pensando que aquel extraño también opinaba lo mismo que él.

-Necesito libros sobre feriantes, transformaciones paranormales y control mental.

-¿Perdón?

-Lo sé, nadie suele tener libros sobre feriantes –dijo el hombre poniendo los ojos en blanco -. ¡Es una emergencia, por favor!

Perplejo, le buscó toda la información que tenía al extravagante tío que acababa de colarse en la biblioteca.

-¿Tiene carnet de socio? –preguntó amablemente.

-¡No fastidies, tengo prisa! ¿Le has comprado algún eBook al señor Fetch?

-No.

-¿Estás seguro? ¿No has tocado ninguno?

-Ya le he dicho que no. ¿Quién rayos es usted?

-Profesor Sephard –respondió tendiéndole la mano -. Tú podrás ayudarme, ¡ven conmigo!

-No puedo dejar desatendida la biblioteca.

-¿De veras crees que alguien vendrá?

Antes de que pudiera darse cuenta, Benjy se encontraba con el profesor Sephard dentro de su coche tapado por una lona.

-Los Fetch no son lo que parecen. Están usando los eBooks para convertir a la gente en su ejército.

-¿En su ejército?

-Sí, yo antes era bibliotecario en el pueblo de al lado.

-¿En el pueblo de al lado?

-¿Quieres dejar de repetirlo todo?

-Lo siento. Pero no hay ningún pueblo al lado, solo granjas –dijo Benjy desconcertado.

-Exacto. Antes sí lo había, pero vinieron los Fetch y se comieron el cerebro de toda la población.

-Un momento, profesor, ¿es que comen cerebros? ¿Y para qué quieren un ejército?

-No se los comen literalmente. El señor Fetch comenzó vendiendo artículos de limpieza como feriante, pero el negocio le salió mal. Ahora los eBooks que venden están controlados por la familia. Las pilas de estos eBooks emiten una radiación que alteran la frecuencia de la actividad neuronal humana y así consigue controlar sus mentes. 

-¿Los eBook tienen pilas?

-Estos sí. Una vez los controla es solo cuestión de tiempo que se transformen.

-¿Pero transformarse… en qué?

-¡En su ejército de teletubbies! Muchos piensan que los teletubbies son de este planeta, no sé qué les haría pensar eso. Quieren un ejército para incrementar la prosperidad de su negocio familiar de la cría de vacas. Pretenden montar una hamburguesería y engordar a todo el planeta para después montar una multinacional de herbolarias dietéticas y hacerse ricos. ¡Tenemos que detenerlos!

-¿Y cómo lo hacemos?

-Nos colamos en casa de los Fetch, destruimos el cargador de pilas central y los apresamos. Actuaremos esta noche.

Y así lo hicieron. Benjy y el profesor Sephard se armaron hasta los dientes aquella noche para llevar a cabo su escrupuloso y benévolo plan.  Se desplazaban por las alcantarillas bajo las calles del pueblo para evitar cruzarse con el ejército de teletubbies de los Fetch. Se congelaron en el sitio y se les heló la sangre al escuchar una voz que gritaba frenéticamente.

-¡Joder! ¡Grábala, grábala que se menea! ¡Pero sácame a mí también!

-Cuidado Frank, esa anguila eléctrica parece bastante nerviosa. Podría ser peligroso –dijo el cámara de Frank de la jungla con la voz temblorosa.

-¡Calla cojones! ¡Cagao, que eres un cagao!

Benjy no sabía si sorprenderse más por encontrarse a Frank de la jungla dentro de una alcantarilla o por la anguila eléctrica que nadaba en aguas residuales.

El profesor Sephard sonrió con alegría.

-¡Tampoco habéis comprado ningún eBook! ¡Podéis venir con nosotros y vencer a los Fetch!

-¿Qué mierda dice este tío? –preguntó el cámara de Frank.

-O lo han alelao los vapores de la alcantarilla o lo ha electrocutao una anguila. ¡Joder! ¡Joder, que hay más! ¡A ver si nos las encontramos, corre!

Y dicho esto ambos salieron corriendo en busca de más anguilas eléctricas en la alcantarilla. Benjy y el profesor Sephard salieron del pestilente conducto una vez estuvieron bajo la casa de los Fetch. Unos cuantos teletubbies con tutús rodeaban la casa, y lo que quedaba del colorido ejército marchaba por las calles con paso uniforme. 

Se las apañaron para entrar torpemente por la ventana y colarse en la sala donde se encontraba el gigantesco cargador de pilas con el que controlaban a la población. 

El profesor Sephard sacó un martillo de su bolsillo cuando el señor Fetch entró por la puerta y se convirtió en un Tinky Winky con dos radares por ojos que hacía ruido metálico al caminar.

-¿Qué creéis que estáis haciendo aquí? –dijo agarrándolos del cuello para después lanzarlos contra la pared con una fuerza descomunal.

Ambos se retorcían cual abuelitas con reúma en el suelo hasta que el profesor gritó:

-¡Gilbert! Usa lo mejor que tenemos… ¡piensa en los libros!

El profesor tenía razón, los libros eran los únicos que podrían salvarlos en aquel momento. Benjy se sacó de la chaqueta su libro de Harry Potter y el cáliz de fuego edición de bolsillo y se lo tiró al señor Fetch a la cabeza, aturdiéndolo y haciendo que cayera al suelo.

-¡Lo conseguiste, chico! –grito eufórico el profesor Sephard.

Se levantó rápidamente y golpeó al cargador de pilas gigante con su martillo, desquebrajándolo. Un montón de luz emanó de él y salió por la ventana, convirtiendo a todos los teletubbies en humanos de nuevo.

La señora Fetch, el niño y el perro entraron en la habitación, aullaron y se convirtieron en los tres teletubbies restantes del cuarteto para levantar al señor Fetch, quien parecía un pato mareao, y los cuatro ascendieron hacia el cielo, resplandecientes.
 
El profesor Sephard se acercó sonriente al joven bibliotecario y le tendió la mano.

-Has hecho un buen trabajo, chico. Creo que ahora podremos emprender más de una aventura juntos.

-Ni se le ocurra. Ya he tenido suficiente por hoy –respondió Benjy dándole la mano mientras reía.

Y aquel día sus caminos se separaron. Por muy interesante que pudiera resultar toda aquella lucha contra los malvados, él prefería luchar desde los libros de su preciada biblioteca.

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¡Se acaba la espera!

Posted by Unknown On 8:47 0 comentarios

Hace tiempo que no tengo tiempo para mí misma, y eso significa que no he tenido ni un solo momento para ponerme a escribir. Eso no quiere decir que no tenga ideas nuevas, que las tengo. Sin embargo, todas están archivadas en mi cabeza y se mueren por ser escritas. 
Oh sí, señores, las ideas quieren escapar de la materia gris que las aprisiona; y probablemente lo consigan durante estas vacaciones.


(Descripción gráfica del interior de mi cabeza)

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No tan mala persona

Posted by Unknown On 5:55 0 comentarios

Era una fría mañana de invierno cuando Barney Green salió a dar un paseo a las cuatro de la madrugada. Una ráfaga de viento le heló la coronilla y le tiró el sombrero al suelo. Refunfuñando, se agachó para recogerlo, pero otra ráfaga traviesa quiso fastidiarlo y movió su bombín hasta el medio de la calle.


Corrió para coger su sombrero. A penas lo había tocado cuando lo embistió un automóvil. Green se golpeó fuertemente la cabeza contra el parabrisas, resbaló por el capó y rodó por los suelos. 
El tío del coche pensó que le había dado a un ciervo y se dio a la fuga para no tener que pagar la multa. El duende se arrastró como pudo hasta la cuneta. No podía levantarse, sangraba y por dolerle le dolía hasta el apellido. Quiso reincorporarse, pero sentía una molestia tan punzante que lo único que pudo hacer fue tumbarse boca arriba hasta que todo se redujo a dolor y oscuridad.

Barney Green se despertó sobre lo que parecía ser… una nube. Todo tenía color azul celeste y había adornos resplandecientes por todas partes. Se dio cuenta de que el suelo no estaba formado por baldosas, sino por nubes. Se temió lo peor. De un brinco, se puso en pie y se miró las manos y los pies. Ya no le dolía nada ni tenía sangre. La cosa se estaba poniendo fea.

-Veo que ya ha despertado… Debe usted confirmar que ha llegado.

-Confirmar que he llegado, confirmar que he llegado… -refunfuñó Green.

-Dese prisa, ha de firmar. Al jefe no le gusta esperar.

-¿Estás haciendo rimas?

-Que no te quepa duda. ¿Boli o pluma?

-¡Qué patético! ¿A qué te dedicas?

-Yo soy San Pedro, y cuido las puertas del cielo.

-¿El cielo? No, no, no… Debe haber un error. Yo soy malo, siempre he sido malo.

-No se llega aquí sin razón, tal vez tengas un buen corazón.

-¡No! ¡No, no, no! No pienso quedarme en este sitio repipi lleno de gente cutre y sin ritmo como tú. Es imposible que alguien pensara que mi sitio está en el cielo, definitivamente debe haber un error. Yo soy malo –rió nerviosamente.

-Acepto tu teoría, nadie osaría despreciar mi poesía.

-Yo lo hago. Me quiero ir de aquí, ni siquiera tengo cerillas… -se lamentó infantilmente el duende.

-Si te quieres largar, tendrás que pasar unas antiguas pruebas. Son fáciles de realizar, y nunca nadie las cambia por nuevas.

San Pedro chasqueó sus dedos y envió a Barney Green al lado de una mujer que lloraba y gritaba con desesperación. Enfrente de ellos había una casa en llamas, y podía verse a un bebé llorando también desde la ventana.

-¡Mi bebé! ¡Mi bebé! ¡Que alguien salve a mi bebé! –exclamaba la mujer.

El duende miró a la madre, miró al niño, y no se lo pensó dos veces. Cogió a la mujer a cuestas, la llevó hasta la casa y la encerró dentro. Comenzó a saltar y a reír mientras oía como madre e hijo lloraban dentro de la casa.

San Pedro apareció a su lado.

-Tu actuación ha sido la adecuada, tienes la entrada al cielo asegurada.

-¡Pero si acabo de tirar a esa mujer al fuego!

-Has reunido a un hijo con su madre. Serán felices mientras nada los separe.

-Será posible… ¡envíame a la siguiente prueba!

San Pedro volvió a chasquear sus dedos y esta vez Barney Green apareció dentro de un coche estacionado en el aparcamiento de un súper. Por el retrovisor vio como un hombre guardaba bolsas en el maletero. Rápidamente cortó los frenos al coche y se escondió entre risas pensando en lo que iba a pasar. 
El hombre se subió al coche y al llegar a carretera no pudo frenar, chocó con un camión que volcó, hubo una explosión y se incendió el asfalto.

El duende volvió a reír satisfecho.

-¿Qué hay de eso? ¡Ha sido la prueba de ingreso al purgatorio! ¡JAJAJA!

San Pedro volvió a aparecer junto a él.

-Excelente decisión, ni yo lo hubiera hecho mejor.

-¿En serio? ¡Si se ha muerto!

-Has evitado que ese hombre fuera a comprar tabaco y abandonara a su esposa. Le daré el pésame de tu parte, también le enviaré una rosa.

-¡Siguiente prueba!

San Pedro chasqueó los dedos como las veces anteriores y envió a Barney Green a una tienda de licores. Miró a su alrededor y no vio nada especial. Desesperado por obrar mal, cogió una botella de absenta y se la estampó en la cabeza a un tío que pasaba por su derecha. 

San Pedro apareció junto al sangrante individuo que acababa de caer al suelo.

-Esa ha sido una buena enmienda, puesto que este malhechor pretendía atracar la tienda.

-¡Venga, hombre, tienes que estar bromeando!

-He sido totalmente sincero, ahora debemos volver al cielo –se sacó el busca del bolsillo y lo miró con sorpresa -. Señor, pero qué es lo que veo… ¡eres un forastero! Tu hora no ha llegado todavía, volveremos a vernos otro día.

Y dicho esto, volvió a chasquear los dedos. Barney Green volvió a encontrarse tumbado en la cuneta. Dolorido, se puso en pie y recogió su bombín del suelo. 

-Qué lástima, se ha hecho un agujero. Ahora tendré que arreglarlo o ir a comprar otro nuevo.

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El villano de la cicatriz

Posted by Unknown On 14:28 0 comentarios



Un tiroteo siempre es algo incómodo para cualquier policía. Esto no era diferente para Bruce Reese, quien se escondía tras la columna de un parking para evitar que unos malechores le pegasen un tiro. 

-¡Soltad al dependiente del Corte Inlgés! –gritó a los ladrones.

Dos hombres habían entrado con metralletas en el Corte Inglés para robar ropa y venderla después en los mercaos de los pueblos a cinco euros la prenda. El dependiente había conseguido dar la alarma de seguridad y la policía llegó cuando los ladrones aún estaban dentro, pero estos se agenciaron un rehén y corrieron hacia el parking para guardar su caro hurto en una furgoneta. Bruce era el único que había conseguido seguirles y se encontraba sin refuerzos; con el chaleco antibalas y el arma reglamentaria de la policía como única compañía. Aquellos personajes no parecían muy amistosos, y tampoco se quedaban sin balas.

En cuestión de segundos los refuerzos aparecieron, el rehén comenzó a gritar y el pobre Bruce, que ya había perdido los nervios, salió de detrás de la columna y disparó. Todos se congelaron en su sitio y el inspector Rasnick ordenó que arrestaran a los ladrones.

-¡Reese…! ¡Has disparado a un civil! –le dijo el inspector con el ceño fruncido.

Bruce soltó el arma y se dejó caer sobre la columna con la mirada perdida. Era la primera vez que le pasaba una cosa así, y sabía que iban a tener que abrirle un expediente por ello.

Aquella noche, cuando regresaba a casa, su coche se paró. Bajó malhumorado para ver si había algún problema y llamar a una grúa, aunque no le dio tiempo. Una limusina paró frente a él. La puerta se abrió y vio a un hombre pelirrojo con una cicatriz que le recorría toda la cara y vestía de morado.

-¿Bruce Reese? –preguntó él.

-Eh… Sí, soy yo –le respondió Bruce con inseguridad.

-Suba, por favor –dijo el pelirrojo sonriendo mientras le indicaba con la mano que se sentase a su lado.

Bruce vaciló por un momento. Subir a una limusina con un tío pelirrojo con una cicatriz gigante en la cara y que viste de morado es precisamente una de las primeras cosas que una madre te prohíbe hacer. Ignoró lo extraño del asunto y subió.

-¿Quién es usted? ¿Por qué sabe mi nombre?

-Me llaman Castor; y, como se habrá imaginado, sé perfectamente quién es usted.
Bruce le tendió la mano, pero su interlocutor la miró con horror.

-No, no, no, no me toque. No me gusta mantener contacto físico. Sé lo que le ha pasado hoy y me temo que no podrá seguir trabajando en su ciudad. Usted debe huir y trabajar para alguien que sepa disculpar sus errores.

-Fue un accidente, no debería haber acabado así.

-Y yo le creo, señor Reese. Me encantaría que los demás pensasen como yo. Sin embargo, vivimos en un mundo cruel donde las personas no tienen segundas oportunidades. Si quiere la suya, deberá dejar lo que tiene y venir conmigo.

-¿Y qué pasa con mi mujer? ¿Y mis amigos?

-Ha matado a un inocente, ¿acaso cree que ellos lo apoyarán? Los asesinos no están bien vistos por la sociedad.

-¡Yo no soy ningún asesino!

-Ahora sí. Yo le daré una nueva identidad.

Pasó una semana y nadie sabía nada de Bruce Reese. Su mujer había obligado al inspector Rasnick a reunir un equipo de búsqueda porque pensaba que lo habían secuestrado, ya que su marido nunca había estado tanto tiempo fuera de casa sin comunicarle nada. Su foto salía en todas las noticias y sus amigos se preocupaban por él. 

Pero desgraciadamente, Bruce no sabía nada de eso. Él se encontraba en un quirófano en aquellos momentos, donde no había mucha cobertura y tampoco había televisión. Se despertó tumbado sin camisa y atado una camilla mediante correas. Un foco le alumbraba la cara, lo que le molestó al abrir los ojos. No sabía cuánto tiempo había estado durmiendo y por qué estaba allí. Intentó levantarse y comenzó a moverse frenéticamente en la camilla al ver que no podía soltarse.

-Se va a caer usted al suelo –le dijo una señora de unos cincuenta años bastante chaparra, con acento mexicano y que llevaba unas gafas con las patillas demoníacamente retorcidas.

-¿Qué estoy haciendo aquí?

La señora se sacó un bote de pronto del bolsillo del delantal y se puso a limpiar el foco encima de él. No había nadie más allí, y la señora de limpieza parecía ser su ticket de ida hacia la libertad.

-¿Puede soltarme?

-No, no… -respondió ella antes de seguir limpiando.

-Por favor. O al menos explíqueme qué es este sitio.

-No, no… Yo no digo…

El tío de la limusina entró en el quirófano con una bata blanca y miró a la limpiadora con rabia antes de coger unos guantes.

-¡Consuela! ¡Le tengo dicho que no limpie cuando estoy trabajando!

-Yo limpio quirófano…

-Pues límpielo después.

-No, no, yo limpio ahora…

-¡Lárguese de aquí! –le gritó Castor sin paciencia.

-Está bien…

Esperó a que la señora se fuera para dirigirse a Bruce.

-¿Cómo se encuentra, señor Reese? ¿Bien? ¿Necesita más tranquilizantes?

-¿Para qué iba a necesitar tranquilizantes? ¿Y por qué estoy atado?

-Se puso usted bastante violento durante la operación. Tuvimos que atarlo y darle una cantidad considerable de tranquilizantes. ¡Pero parece que ya está usted bien! Comprobemos qué tal funciona.

-¡¿Qué operación?!

Castor le desató las correas y le inyectó una aguja sin prestarle la menor atención.

-¿Por qué no me baila usted el aserejé?

-No pienso bailar eso… ¿Qué era esa aguja?

-¿No quiere? Yo sí. Baile el aserejé, por favor –pidió de nuevo mirándolo directamente a los ojos.

La cabeza de Bruce comenzó a doler hasta el punto que creía que estallaría. Sentía como si se estuviera electrocutando y podía oír la voz de Castor dentro de su cabeza ordenándole que bailase el aserejé. Sin haberlo pensado siquiera, sus músculos comenzaron a moverse solos haciéndolo a bailar la canción de las Ketchup.

-¿Qué me está haciendo? 

-Es un pequeño dispositivo que pongo a todos mis trabajadores. Es en parte un GPS y a la vez me permite tener control mental sobre ellos, por si acaso alguien decidiera traicionarme.

-Usted controla la mente a su gente, ¿quién iba a querer traicionarle?

-No me gustan las ironías.

Se oyó una fuerte explosión y el quirófano voló por los aires. Bruce cayó contra un árbol, levantó la cabeza y vio trozos metálicos que volaban por los aires y lo que había sido el quirófano ardía en llamas. Se encontraba en lo que parecía un bosque, y, aunque no sabía el camino de vuelta a casa, salió corriendo justo antes de que se oyera otra explosión. Comenzó a correr intentando no hacer caso de la sangre que le resbalaba por la pierna ni del dolor que sentía por todas partes. De lejos pudo oír otra de esas explosiones y una carcajada que ya tenía más que conocida de fondo. Agradeció a Barney Green su aparición ya que le había dado la oportunidad de escapar. Siguió un camino hasta que llegó a la ciudad y continuó corriendo hasta la comisaría de policía.

-¡Mallory! ¡Mallory, necesito ver al inspector Rasnick! –gritó a su compañera del pelo a lo afro.

-¿Bruce? ¿Dónde te habías metido? ¡Todo el mundo está buscándote! ¿Por qué vas tan margullado? ¡Estás sangrando! ¿Y tu camisa?

-Mallory, por favor, deja de hacer preguntas y busca a Rasnick.

En quince minutos se encontraba en el despacho del inspector con un agente del EDSPGA y un coronel de la marina.

-Se hace llamar Castor –dijo el coronel tirando una carpeta con la foto del tipejo pelirrojo sobre la mesa -. No sabemos su verdadero nombre, pero sabemos que es un científico que se dedica a robar secretos de estado y a atentar contra el país. Señor Reese, usted ha colaborado con él y por ello me veo obligado a citarlo a un juicio castrense.

-¿Un lunático me implanta un chip y ahora me quieren castrar?

-Reese… -le susurró el inspector al oído -, castrense de militar, no de castrar.

-Oh… 

-Coronel Marks, es obvio que Reese no sabía de quién se trataba este individuo. Nuestra prioridad ahora debe ser sacarle ese dispositivo al agente y dar con el paradero de Castor –dijo Rasnick.

-Bueno… tiene un buen expediente, lo dejaré pasar por esta vez.

Al acabar la reunión Mallory lo agarró por detrás.

-Tienes que ir a visitar a alguien al hospital.

-¿Yo?

-¿Recuerdas a aquel dependiente del Corte Inglés?

-Le disparé por error… ¿es que no murió?

-¿Morir? ¡Le diste en la rodilla! Quiso verte en cuanto recuperó la consciencia para agradecerte que lo salvaras de aquellos ladrones.

Bruce se sintió estúpido. No había matado a nadie, y si hubiera preguntado antes se habría ahorrado tantas horas de culpabilidad y el chip en su cabeza.

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