La suerte del principiante

Posted by Unknown On 14:47 1 comentarios


Bruce Reese llegaba tarde al trabajo aquella mañana, pero le daba igual. Hacía dos semanas que trabajaba con un torpe muchacho que estaba de pruebas y al cual no podía ni ver. El joven no necesitaba más de dos minutos para hacerle perder los estribos, por lo que Reese se alegraba de verle la cara diez minutos menos al día.

Al llegar a la comisaría de policía vio al chico sentado en una silla mientras intentaba encender una cerilla para fumar. Reese resopló al verlo; no le extrañaría nada que el pobre se tragase el cigarrillo cuando al fin lograra encenderlo. El muchacho levantó su rubia cabeza al verlo y sonrió antes de correr hacia él.

-Buenos días, señor. Estuve ordenando los expedientes ayer y… -decía mientras seguía luchando contra la dichosa cerilla.

Reese se sacó un mechero del bolsillo y se lo lanzó para que pudiese encender el cigarrillo.

-Buenos días, Henry –refunfuñó para después darle la espalda y alejarse hacia su despacho dando largas zancadas.

El chico lo siguió casi corriendo y cerró la puerta del despacho. Miró a Bruce con aire de intriga y volvió a sonreír.

-Tengo buenas noticias.

-No sé si quiero saberlo, cada vez que traes una buena noticia algo malo le pasa a mi corbata.

Henry puso las manos sobre su cintura y, resoplando, volvió a sonreír. 

-Ahora no tengo ninguna bebida en la mano, señor –le dijo mientras se rascaba la coronilla.

Podría ser que aquella actitud le funcionase con las universitarias risueñas, pero a su actual y más viejo compañero sólo le producía una sensación de ansiedad que lo incitaba a echarle las manos al cuello.

-Estuve ordenando los casos de Barney Green y… ¡adivine qué!

-¿Qué? –preguntó Reese siguiéndole el juego con malagana. 

-¡Tenemos el testimonio de una mujer que dice saber cómo encontrarlo!

-¿Qué? Chico, eso es una tontería. Si tuviésemos ese testimonio del que hablas…

-¡Lo tenemos, señor! –gritaba eufórico –Mire, lo traje conmigo. 

Le tendió un sobre de papel marrón del que Bruce sacó varias hojas. Les echó un vistazo y miró al joven con los ojos entrecerrados.

-Esta mujer no puede considerarse un testigo, muchacho. Ha estado en el psiquiátrico durante más de diecisiete años… la hicimos testificar porque ella estaba en el incendio del hospital y todos hablaron con la policía. No puedes tomar esto enserio, la señora no ha podido ver a Green tantas veces como asegura en su testimonio.

-Y asegura haberlo visto en más de diez ocasiones.

-¿Y por dónde lo vio, por la ventana del psiquiátrico? Green es un fugitivo muy escurridizo, no permitiría que se le viera tantas veces.

-¡Pero no podemos pasar de este testimonio! No podemos hacer como si no existiera sin haberlo comprobado primero, podría ser una gran pista.

-¿Quieres jugar a ser un policía mayor, huh? Consigue una visita a esa mujer en el psiquiátrico, consigue que testifique exactamente lo mismo sin delirar y, suponiendo que consigas todo eso, le preguntas dónde se esconde Green. Entonces te haré caso.

Y eso era lo que Henry pensaba hacer. Llamó al psiquiátrico y pidió permiso para poder ver a aquella mujer. Le dijeron que podía verla aquella misma tarde, y él ya podía ver la cara de todo el cuerpo de policía cuando les contara lo que había conseguido sin ayuda. 

El edificio era triste y frío por dentro. Casi todo era de color blanco, y los internos vagaban por los pasillos de forma incoherente. El director le señaló a la mujer que estaba buscando; era una señora de mediana edad con el pelo corto que abrazaba a un horno de juguete. Henry se acercó a ella.

-Soy el agente Henry Conway –le dijo enseñándole su placa. La mujer lo miró con los ojos muy abiertos y soltó el horno. Se acercó a él y le olió la chaqueta.

-¡Chorizo! –exclamó ella.

Henry la cogió de los hombros y la separó para poder mirarla a la cara.

-Señora Farruquita, soy agente de policía. Míreme, señora… necesito que me hable de Barney Green. Es muy importante, por favor.

Farruquita suspiró y bajó la mirada.

-Espera un momento, que se me quema la pizza –dijo antes de abrir el hornillo de juguete, sacar una pizza y bailarle cual sevillana luciferiana.

-¿Es… es eso necesario? –preguntó Henry perplejo.

-Sí, o se queman las especias –respondió ella -. Barney Green vive en una cabañita en la montaña cerca del río. Yo antes vivía ahí, él me saludaba todas las mañanas.

-¿Podría escribirme la dirección?

Henry llegó eufórico a la comisaría blandiendo el papel con la dirección de Barney Green por todas partes hasta que le tiró el café al inspector Rasnick y le manchó a corbata al pobre agente Reese. Enfurecido, le dijo que en esa zona no habían casas y que no lo acompañaría porque tenía que cambiarse la corbata. Así que de nuevo, fue solo.

Siguiendo las instrucciones de Farruquita, encontró una cabaña cerca del río tal y como había dicho. Tal vez la señora no estuviese tan loca. Tocó a la puerta con una mano sobre la pistola en su cinturón por si la cosa se ponía fea. Y aunque bastante fea pintaba, no era como él habría esperado. Le abrió la puerta una señora mexicana con vestido rosa y guantes de fregar amarillos que usaba unas gafas con las patillas extrañamente retorcidas y un corte de pelo de seis dólares.

-Hola, soy…

-No, no… -dijo ella interrumpiendo –Señor leñador no aquí.

-¿Leñador? No, soy policía, busco a Barney Green.

-No, no… -insistía mientras intentaba cerrar la puerta.

-¡Oiga, espere, sólo un segundo! –exclamaba Henry alarmado, poniendo su brazo sobre la puerta de la cabaña para evitar que cerrase.

-No tenemos dinero…

-¡Sólo quiero saber si por aquí vive Barney Green!

-No, no… -dijo ella cerrando finalmente.

Henry se planteaba si debía volver a tocar cuando comenzó a percibir el aroma de madera quemada. No era un gran misterio, ya que la montaña ardía. 

Comenzó a correr hasta que oyó gritos y pensó que alguien necesitaba ayuda, de modo que retrocedió.

-¡Hostia puta! ¡Mira como se quema ese camaleón! Vamos a acercarnos, ven.

-Cuidado Frank, eso podría ser peligroso.

-¡Calla cojones! ¡Cagao, que eres un cagao! –le gritaba Frank de la jungla a su cámara mientras agarraba por la cola a un camaleón en llamas.

-Frank, ese bicho está quemando, deberíamos irnos.

-¡Calla cojones! ¡Grábalo, grábalo! ¡Pero enfócame a mí! ¡Pero al camaleón también! ¡Enfócame a mí sacando al camaleón! ¡¿Pero tú estás tonto?!

-¡Hey! –les gritó Henry -¿Se puede saber qué hacéis aquí quietos? ¡Corred!

-¡Mierda, me estoy quemando el culo! –exclamó Frank sudoroso -¿Sabéis que va bien pal fuego? ¡El agua!

Y dicho esto se acercó corriendo a la orilla y se tiró al río. Su amigo lo imitó y se lanzó al agua con la cámara en alto; y Henry, sin saber qué hacer, fue tras ellos.

Mala suerte tuvo el joven policía de resbalar con una roca al saltar y darse en la cabeza, por lo que estuvo flotando en el agua inconsciente durante horas hasta que se despertó al otro lado del río. Estaba solo y no sabía dónde se habían metido los otros dos, pero le preocupaba más el incendio. Afortunadamente, ya nada ardía, aunque el paisaje olía a chuscarrao.

Quiso volver al punto inicial para continuar con el trabajo que realmente lo había llevado hasta allí. Siguió la orilla hasta que llegó adonde había perdido a Frank y al cámara. Iba tan concentrado en ver alguna cabaña, que tropezó con una roca que había en el suelo y cayó sobre un montón de hierbas. 

Aquella piedra debía ser alguna especie de palanca, porque el suelo se abrió bajo él y cayó por un túnel subterráneo que también iba por debajo del agua. Mientras gritaba y caía a una velocidad impresionante, Henry podía ver el fondo del río y a todos los animales que vivían en él. En aquel momento decidió que jamás volvería a bañarse en un río. 

El recorrido terminó en el sótano de lo que parecía un búnker submarino. Todo estaba oscuro y olía bastante fuerte, le recordó a el olor del coche del inspector Rasnick.

-Mierda, no veo nada… -se lamentó Henry -¡Un momento! ¡El mechero de Reese!

Sonrió y sacó del bolsillo de su pantalón el mechero que Reese le había dado aquella mañana en la comisaría para encenderse un cigarrillo. Ahora que podía ver mejor, dio varias vueltas para buscar una salida; pero el suelo estaba encharcado y él resbaló, tirando el mechero al suelo. Aquella fue una mala caída, ya que el olor no era a coche sino a gasolina, y el sótano estaba empapado en ella. Todo comenzó a arder y nadie pudo escuchar los gritos de socorro de Henry a kilómetros bajo el agua.

A la mañana siguiente, Bruce Reese llegó puntual a la comisaría de policía.

-Eh, Mallory –le dijo a una agente con el pelo a lo afro -¿Has visto a Henry esta mañana?

-No, pero suele llegar temprano.

-¡Ja! Seguro que ese mocoso está pensando una buena excusa para no quedar en ridículo porque no encontró la guarida de Barney Green.

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Una anécdota de muerte

Posted by Unknown On 7:28 1 comentarios


La blanca luz de la luna se reflejaba en la Parca, que avanzaba lentamente entre los escombros de una pequeña cabaña de madera junto a la laguna. Antes habían vivido allí tres hermanos leñadores que no sobrevivieron al incendio de su morada.
Abriéndose paso a través de los ennegrecidos restos de la casita, llegó hasta los tres cadáveres que yacían en el suelo cubiertos de cenizas. La Parca clavó su guadaña en el suelo y se abrieron tres resplandecientes túneles desde el cielo para que las almas de los leñadores pasasen a su otra vida. O tal vez fuese una no-vida, si somos más exactos. Como de costumbre, esperó a que fuesen hacia la luz antes de cerrarles el túnel. Después todo volvió a la oscuridad.

-Esto no puede seguir así –susurró la Muerte con una mezcla de enfado y agotamiento.

Él se encargaba de llevarse a aquellos que dejaban de vivir. Se suponía que él sabía y decidía cuando llegaba la hora de una persona desde el momento en que nacía. A veces hay accidentes, no siempre tiene por qué ser una muerte natural. Lo que no se puede hacer es provocar el accidente. Había quien se dedicaba a acortar el tiempo de personas al azar, algo totalmente indignante para la Parca.

Nuestro huesudo amigo ya tenía fichado a un tipejo verde y pequeño al que le chiflaba quemar cosas. Y a veces cosas con gente dentro. Este sujeto se hacía llamar Barney Green, y aunque nadie lo había amonestado antes, a la Parca no le caía nada bien. Le daba demasiado trabajo.

Aquella noche había provocado tres incendios con varias víctimas en cada uno de ellos, y aún le quedaba otro escenario por visitar. El último sitio en arder fue una tienda de campaña en el bosque donde unos muchachos habían decidido pasar la noche. 

La aventura no les salió como esperaban, y es que con aquella fogata podían haber asado más de una docena de bolsas de malvaviscos. La Parca encontró a los chavales tendidos sobre la hierba seca y rodeados de árboles chamuscados. Clavó su guadaña sobre la tierra, aparecieron varios túneles luminosos en el cielo y les dio unos segundos para que fuesen hacia la luz. 

Ya había terminado y pensaba en marcharse cuando escuchó los gritos de una chica.

-¡¿Pero qué es esto?! ¡¿Qué me pasa?! –exclamaba la muchacha con la voz temblorosa a causa del pánico.

La Parca se dio la vuelta y tuvo que mirar dos veces para asegurarse de que no se lo había imaginado. Lo que tenía delante de él ya no era una persona, era una entidad fantasmal y aturdida rebosante de ectoplasma. Ni siquiera sabía cómo mantenerse fija en el mismo sitio, por lo que flotaba ligeramente después de dar saltitos para no hundirse bajo tierra.

-¿Por qué no has ido hacia la luz? –le preguntó la Parca con algo de molestia.

-¿La luz…? Todo esto es muy raro… ¿qué me está ocurriendo?

-Has muerto.

-Claro que no he muerto, soy perfectamente consciente de lo que hago. ¡Todavía me queda mucha vida por delante! –decía la fantasma mientras correteaba estúpidamente por el lugar intentando pisar el suelo.

-No deberías estar aquí, el túnel no vuelve a abrirse hasta haberse cumplido un año de tu muerte. Tendrás otra oportunidad entonces.

-¡Ja! No, tú no lo comprendes… -reía nerviosa a la vez que se apoyaba en un árbol, el cual atravesó – ¡Ah! –Gritó antes de reincorporarse torpemente -¡Debe haber una solución para esto, aún estoy aquí!

-Estás aquí porque no has cruzado el túnel. Pero tranquila, no eres la única… seguro que haces nuevos amigos –y dicho esto, volvió a darle la espalda.

-¡Espera! No pensarás irte y dejarme aquí sola, ¿verdad?

-La existencia es dura.

-Querrás decir “la vida es dura”.

-También, pero tú ya no vives –dijo con seriedad antes de desaparecer.

La joven fantasma se quedó rondando por el lugar hasta que al amanecer un guarda forestal encontró su cuerpo junto al de sus amigos y se los llevaron horas más tarde. Lo único que se le ocurrió entonces era que no podía perderse su propio funeral, en el cual estuvieron todos muy emotivos y le hicieron derramar alguna que otra lágrima ectoplásmica. 

Una vez la enterraron, la gente fue abandonando poco a poco el cementerio hasta dejarla sola frente a su propia tumba. Pasaron los minutos hasta que se dio cuenta de que ya no quedaba nada por hacer allí y que debía marcharse. 
 Se sorprendió bastante al ver que el cementerio estaba lleno de otros muchos fantasmas como ella. Eran cuerpos transparentes de un tono azul luminoso que peleaban entre ellos sentados sobre lápidas, que revoloteaban por el lugar y que paseaban tristemente mientras hablaban solos. A ella le asustaban, no quería tener amigos así. Y además muchos de ellos vestían como Elvis, lo cual era bastante intimidante.

En su empeño por alejarse, atravesó a una mujer que estaba dejando flores en otra tumba.

-¡Ah! ¡Qué fuerte! –dijo la fantasma desconcertada desde el suelo –Aún no consigo acostumbrarme a esto… lo siento mucho, lo siento.

-No te preocupes –le respondió la mujer con una sonrisa.

La joven entidad ectoplásmica estaba desconcertada. Se suponía que nadie podía verla, sentirla ni oírla.

-¿Puedes verme? –le preguntó extrañada.

-Sí, aunque no cualquiera puede hacerlo. Me llamo Melinda Gordon, y me dedico a ayudar a gente como tú. ¿Por qué no fuiste hacia la luz? ¿Cómo te llamas?

-Todos me preguntan eso últimamente… Me llamo Belén. Realmente no sé qué hago aquí. Sé que algo importante va a pasar, pero… el incendio, y la Parca, y mi funeral… ¡atravieso cosas! En momentos como este necesito chocolate.

-Bueno, bueno, tranquilízate. Ahora ya no puedes comer, ni beber o ir al baño… Todo eso se acabó. Y aprenderás a no chocarte con todo. Tenemos que averiguar qué es lo que te retiene aquí, y el túnel se abrirá de nuevo y antes de tiempo para que puedas marcharte. Porque cuando alguien se queda suele ser porque todavía le queda algo por hacer, y tú acabas de decir que iba a pasar algo importante, ¿verdad?

-Sí. ¡Sí, eso es! ¡Aún me queda algo por hacer!

-¿Y qué es?

-…No lo sé.

-No te desesperes, no pasa nada. Tal vez nos ayude saber cómo moriste.

-En un incendio. Un… duende, él prendió fuego a todo. ¡Ya está, eso es! Aquel duende verde dijo que pensaba quemar el campo de fútbol con todo el mundo dentro.

-¿Cómo, el campo de fútbol? Hoy es el partido de los Florindos contra los Cancamusa, ¡habrá mucha gente! Vamos, debemos avisar a la policía.

Melinda corrió hacia su coche, que tenía un extraño parecido con el troncomóvil de los Picapiedra , y ayudó a Belén a subir al auto. Pisó el acelerador y se puso en marcha hacia la comisaría de policía a todo gas.

-¿No te parece que vas un poco rápido? –preguntó Belén algo insegura de que aquella mujer hubiese conseguido el carnet de conducir legalmente.

-¡Esto es una emergencia! –exclamó ella mientras conducía haciendo zigzag entre la acera y la carretera. Tan locamente conducía que arrolló a un cani que pasaba por allí.

-¡¿Pero qué haces?! ¡Que lo has matao! –gritaba Belén mientras se agarraba al asiento para no atravesar el coche y miraba por el retrovisor el ensangrentado cuerpo del cani que dejaban tras ellas.

-¡No pasa na, si no cruza el túnel lo ayudo luego!

Llegaron a la comisaría de policía y Melinda se acercó a un agente mientras Belén lo miraba todo desconcertada y hacía un gran esfuerzo por no hundirse en ninguna parte.

-Me llamo Melinda Gordon, y me gustaría informar sobre un incendio premeditado.

-Un momento, por favor  -dijo el policía que estaba hablando por teléfono móvil -. Cariño, ya sabes que a mí me da igual de qué color pongas las cortinas… Está bien… Sí, ¡procura que no sean muy caras! Sí, ya lo sé… Pues… tal vez llegue tarde, sí… Está bien… Sí… Yo también te quiero –y colgó -. Bien, ya puedo atenderla. ¿De qué quería usted informar?

-Alguien planea incendiar el estadio de fútbol durante el partido de esta noche.

-¿Un incendio? –preguntó poco sorprendido antes de girarse y gritar a una policía con el pelo a lo afro –Eh, avisa al inspector Rasnick… ya sabemos dónde va a actuar. Bien, señorita –dijo dirigiéndose a Melinda de nuevo –, el cuerpo de policía lo tiene todo controlado, no tiene de qué preocuparse.

Melinda y Belén fueron al campo de fútbol aquella noche para ver qué hacía exactamente la policía. Tenían varias furgonetas, helicópteros y varios agentes vigilando las entradas, además los bomberos también estaban allí.
La agente del pelo a lo afro llevaba un Westy y un Pomerania que husmeaban por debajo de las gradas, y se detuvo cuando éstos comenzaron a ladrar.

-¡Reese, aquí hay explosivos! –gritó la señora al policía con el que Melinda había hablado por la mañana.

-Bien, creo que ya están todos. Date una vuelta por el estadio para ver si nos dejamos algo.

La gente fue llegando y Melinda se sentó a ver el partido, atenta por si daban la alerta de fuego. Belén luchaba por agarrarse a un poste, ya que hacía mucho aire y no conseguía quedarse en posición estática. El partido fue de lo más normal, ganaron los Cancamusa 3 a 0 y no hubo indicios de que fuese a ocurrir nada malo. 

Al salir del estadio, un túnel de luz se abrió en el cielo justo en frente de Belén.

-¿Es para mí? –le preguntó a Melinda.

-Sí, ya no te queda nada más por hacer aquí. Buena suerte.

Con una sonrisa, Belén entró dentro de aquel torbellino luminoso y subió flotando por él hasta que la luz desapareció por completo.

-¡Maldita sea! –pudo escucharse en el parking de atrás del estadio -¡Mi coche está ardiendo!

Los bomberos se apresuraron a apagar el coche en llamas del agente Bruce Reese, que maldecía a diestro y siniestro mientras daba golpes en el aire y se pasaba las manos por el cabello.

El inspector Rasnick se agachó y recogió un papel que había junto al coche y, riendo, se lo tendió a Bruce.

-Reese, me parece que esto es para ti.

Bruce agarró bruscamente aquella nota escrita con tinta verde que decía:

¡Si es que parece que no aprendemos! Buen partido, ¿eh? Tal vez sea más divertido la próxima vez.
Barney Green

Arrugó el papel con furia y lo tiró al suelo.

-¡Odio a ese tipo!

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Bruce se quedó paralizado cuando escuchó una fuerte explosión al otro lado del teléfono.

-¿Qué fue eso? ¡¿Está bien, inspector?! –gritó agarrando el teléfono con fuerza.

-Sí, sí… son esos gitanos tirando petardos otra vez. Deben estar celebrando una boda.

-Escúcheme, la bomba…

-Ya te he oído la primera vez. No estás dentro del caso, así que no puedes involucrarte tanto. Si sabes algo más no dudes en llamarme… pero procura que no vea tu maldito culo campando por aquí o va a caerte una buena, ¿entendiste?

-Sí, señor.

Al menos había avisado y no habrían heridos. En realidad, le importaba muy poco que no lo dejaran acercarse a husmear; investigaría sin que nadie lo supiese.
 Volvió a su casa y durmió hasta que su mujer lo despertó bien temprano diciendo que había una muchacha que lo buscaba. Bajó al recibidor en batín y se sorprendió bastante al encontrar a Lilah allí.

-Deja el abrigo en el perchero y pasa… -dijo medio dormido.

-No iba a venir, pero pensé que deberías saber que Barney el dinosaurio está a salvo y se encuentra perfectamente. No es a mí a quien debes buscar.

-Pero él está muerto, todos lo vimos. Y tú saliste corriendo como si te persiguiera el diablo… ¡maldita sea, sólo alguien que es culpable hace eso!

-Tenía mis motivos. Los restos que todos vieron no eran del verdadero Barney, era un cebo. Había estado recibiendo cartas amenazadoras y decidió pedir ayuda al EDSPGA. Nosotros lo ayudamos hasta que estuvo seguro.

-¿El EDSPGA? ¿Qué organización es esa?

-Equipo De Socorro Pa Gente Amenazá. Tenemos la sede en San Francisco, puedes comprarte una gorra.

-Ya veo…

-Bien, pues yo debo irme.

-En fin, no olvides tu…-dijo Bruce girándose hacia el perchero para darle su abrigo, y se quedó sin palabras cuando vio que el abrigo ya no estaba colgado ni ella seguía ahí al girarse de nuevo.

Decidió ir a la comisaría para ver si tenían algo nuevo. Se encontró allí a su amigo el Sabueso, que se limpiaba las gafas con un pañuelo de tela bastante hortera.

-Eh, Sabueso, ¿cómo lo llevas?

-Ah no, Bruce. Me han dicho que no puedo hablar contigo del caso del dinosaurio.

-Tranquilo hombre, no pensaba preguntarte nada. ¿Consiguieron desactivar la bomba anoche? ¿Estaba donde dije?

-Sí, sí. Tal y como dijiste, tenía una cuenta atrás. Afortunadamente todos salieron bien parados.

Bruce se metió las manos en los bolsillos y frunció el ceño antes de decir lo que estaba pensando.

-Oye, el cuerpo que examinamos no era del verdadero Barney. Deberías comunicárselo a…

-Claro que ese no era Barney, era un señuelo del EDSPGA.

-Hay que joderse, ¿estáis todos al tanto de ese EDSPGA?

-Estás preguntando demasiado, pero sí. El ADN no era el de Barney y ellos aparecieron a explicar por qué. Aunque todavía no tenemos pistas sobre el asesino…

El Sabueso calló de repente al ver entrar al inspector Rasnick que iba como una bala y llevaba cara de malas pulgas.

-¡Me han quemado el coche! –sus ojos se salieron de las órbitas al ver a Bruce- ¡Reese! ¡¿Qué haces tú aquí?! ¡Creí haberte dejado bien claro que no quería ver tu maldito culo a menos de un kilómetro del mío!

-Trabajo aquí, señor. Pero… ¿qué le ha pasado a su coche?

-¡Un hijo de puta lo hizo arder! Y tengo una ligera sospecha de quién fue… mirad esta nota.

El inspector Rasnick les tendió un trozo de papel chamuscado que decía lo siguiente:

Te crees muy listo, pero yo lo soy más. ¿Así que me dais el cambiazo con el dinosaurio? ¡Pues no me importa, porque te quemo el coche! Ahora te jodes y te gastas en reparaciones lo mismo que yo en material. Así aprenderás a no fastidiar un asesinato.
Barney Green 

Bruce no pudo evitar sonreír al leer la nota.
-¿Y ahora qué, señor?

-¿Ahora qué? Ahora a llevar el coche a arreglar. Caso cerrado, Reese… ve buscando uno nuevo mientras llevo el coche al taller.

Y así fue como Barney el dinosaurio salvó su gomaespumoso pellejo por los pelos. Pocos días después Oprah lo recibió como invitado y su cara salió en primera plana durante varios días. Le hicieron una entrevista al inspector Rasnick en la que roció de café a un periodista, y la venta de gorras del EDSPGA se disparó por las nubes. Pero nadie mencionó al siniestro Barney Green.

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Continuación coming soon

Posted by Marta R. On 13:41 0 comentarios

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Era un día muy ajetreado en el plató de Oprah. Iban a tener a Barney el dinosaurio como invitado y todo el mundo andaba de aquí para allá intentando que todo fuera perfecto para cuando él llegara, ya que habían oído que era un dinosaurio muy exigente. Oprah estaba en su camerino bastante nerviosa porque su invitado se retrasaba. Su asistente entró rápidamente en el camerino blanco como la cera y cerró de un portazo.

-Oprah, tenemos un problema. Un problema con el invitado.

Harta de cambiar la decoración cinco veces a gusto de Barney y de que le surgieran tantos contratiempos, Oprah puso los ojos en blanco.

-¿Y ahora qué quiere ese pedazo de gomaespuma andante?

-Nada, Oprah. El problema es que no va a querer nunca nada más, o al menos no en este mundo. Lo han encontrado muerto en el bus en el que venía, al parecer nadie se dio cuenta hasta la hora de llegar porque no deja que nadie viaje con él en su zona vip.

-¿Ha muerto? Qué fue, ¿un ataque al corazón, lo envenenaron? –preguntó Oprah curiosa.

-Lo han rajado en canal.

-Oh Dios mío…

-Sí, ha sido horrible, toda la espuma por ahí tirada…

-Espero que lo limpien los de su equipo.

-Desde luego. Pero me temo que hoy no habrá programa, Oprah. Tenemos a la policía ahí fuera haciendo preguntas a todo el mundo.

Al escuchar eso a Oprah se le cayó el cielo encima. Era indignante que la policía le impidiera hacer su trabajo. Se dirigió aceleradamente hacia donde estaban los policías, el bus, su equipo y el del difunto.

-Agente, ¿qué sucede aquí? ¿Por qué no pueden emitir mi programa?

-¡Oprah! Soy el agente Bruce Reese, mi mujer es una gran fan –dijo el polcía estrechándole la mano.

-Reese, ya he interrogado a todos y ninguno me ha dicho nada interesante ni parecía sospechoso –interrumpió una agente menuda con el pelo a lo afro.

-¿Has interrogado absolutamente a todos? ¿Y nada?

-Bueno, sí…  -dijo la chica dando un repaso a todos los presentes con la mirada -. Menos a aquella muchacha de allí, la que esta apartada. Es la que le llevaba los cafés a Barney, se llama…

-Lilah –susurró Reese más para él que para su compañera.

-Sí, ¿cómo lo supiste?

-Coincidí con ella en otro caso, la habían quemado viva. Que alguien me la traiga, me gustaría hablar con ella… ¡Eh! –gritó a otro agente que se encontraba más cerca de la chica -, ¡Tráemela!

Lilah, que estaba sentada sobre los escalones del camerino de Oprah, alzó la vista en cuanto oyó gritar a Bruce. Al ver que la señalaban, se levantó de un salto y comenzó a correr como si la persiguiera el diablo. Varios agentes de policía corrieron tras ella, incluido Bruce Reese. 

La joven les sacaba ventaja, ya que iba tumbando todos los objetos que tenía a su alcance para obstaculizar el paso a la policía. Poco a poco se iba abriendo paso hacia la salida, si Bruce no hacía algo para detenerla iba a perder a la principal sospechosa de un asesinato. Aceleró la marcha; estaba seguro de que podría cogerla cuando llegara a un puesto de perritos calientes que había a la salida, ya que debería bordearlo y él la agarraría por el otro lado. Un plan perfecto si no hubiera sido porque ella saltó el puesto de perritos, salió a la calle y le quitó la bicicleta a un ciclista que acababa de parar a beber agua.

-¡Maldita sea! –gritó Reese, que no se daba por vencido. Se puso en medio de la carretera, paró al primer coche que le vino de cara, sacó al conductor pidiendo disculpas y fue tras la bicicleta.

La localizó una calle más adelante, era imposible que una bicicleta ganara a un coche. Ella también debió de darse cuenta y dio una vuelta brusca cambiando de dirección. Al intentar seguirle el paso, Reese casi se lleva a otro coche por delante. 
Lilah se había colocado justo detrás de él, y al no conseguir quitársela de encima decidió dar marcha atrás. Parecía que eso era justo lo que ella quería, ya que soltó la bicicleta y aprovechó para agarrarse al coche y subir sobre la capota. Bruce paró en seco y ella saltó a un autobús. Bajó del coche justo cuando una furgoneta de gitanos chocó contra él. Sin preocuparse por el coche o por los gitanos, que maldecían por su papa, buscó el autobús en la carretera. Ella ya había desaparecido, había hecho tarde.  Y se habían reído de él.

Bruce volvió cabizbajo al plató, donde todos lo esperaban.

-¿Dónde está la chica? –preguntó la agente afro.

-Escapó.

-¡¡Reese!! –resonó el grito del inspector Rasnick que avanzaba furioso.

-¿Inspector Rasnick? ¿Qué hace usted aquí?

-¡Reese, eres un insensato! ¿Cómo se te ha podido escapar una adolescente de 16 años?

-Es más ágil de lo que parece, señor…

-Esto se te va de las manos, Reese. Llevo buscando a esa chica dos meses, a partir de ahora yo me encargaré del asunto –anunció Rasnick antes de alejarse tranquilamente con las manos en los bolsillos de su gabardina beige.

-¿Qué? –exclamó Bruce corriendo tras el inspector- Señor, no puede retirarme del caso. Es mi caso, quiero decir… yo puedo encargarme.

-No, no puedes. Una adolescente te ha ridiculizado ante todos y ahora quieres probar sus magníficas habilidades como policía. Esto no es un juego de niños, Reese, y quedas relevado del caso.

Sin ideas para convencer a Rasnick para que no lo dejasen al margen, Bruce no tuvo otra opción más que volver a su casa. 

Y eso haría; volvería a casa, pero no pensaba quedarse de brazos cruzados. Aquel era su caso y él pensaba seguir investigando la muerte de Barney y conseguiría seguirle la pista a Lilah. Estaba sentado en su escritorio cuando sonó el teléfono.

-¿Sí?

-Hola, agente Reese.

¿Por qué siempre tenía que llamarlo por teléfono? ¿Y de adónde había sacado su número?

-¿Qué quieres, Green?

-Esas no son formas de hablarle a un viejo camarada. He estado preguntándome… ¿dónde habrá dejado la policía los restos de Barney el dinosaurio?

-¿Es que tú tienes algo que ver con esto?

-No creo que fueran tan estúpidos como para recoger todos esos pedacitos de gomaespuma y meterlos en una bolsa de basura. Porque todos sabemos donde acaban las bolsas de basura, ¿lo sabe usted, Reese?

-No me trates como si fuera un estúpido, maldito chiflado.

-Tranquilo… no es culpa mía que esté frustrado porque lo haya ganado una niña hoy. Los contenedores de basura son unos lugares muy peligrosos para colocar dispositivos de incendio.

-¡¿Has puesto una bomba en los restos del dinosaurio?!

-Esa es una forma muy fea de decirlo…

-¡Cabrón!

-Tiene media hora –dijo antes de colgar.

Bruce se apresuró a coger su coche para llegar al plató de Oprah. Justo al doblar la esquina, se encontró con un enorme atasco. Maldiciendo, buscó su móvil por los bolsillos de la chaqueta.

-¿Inspector Rasnick? Escúcheme, tiene que evacuar el edificio… hay una bomba en el contenedor.

-¿Qué estás diciendo, Reese? Creí haber hablado bastante claro cuando te dije que ya no trabajas en el caso.

-Lo sé, señor, pero tiene que escucharme. Barney Green ha colocado una bomba en los restos de Barney el dinosaurio, que están en el contenedor del estudio de Oprah. Estoy en medio de un atasco, no conseguiré llegar antes de treinta minutos…

Bruce se quedó paralizado cuando escuchó una fuerte explosión al otro lado del teléfono.

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