Era un día muy ajetreado en el plató de Oprah. Iban a tener
a Barney el dinosaurio como invitado y todo el mundo andaba de aquí para allá
intentando que todo fuera perfecto para cuando él llegara, ya que habían oído
que era un dinosaurio muy exigente. Oprah estaba en su camerino bastante
nerviosa porque su invitado se retrasaba. Su asistente entró rápidamente en el
camerino blanco como la cera y cerró de un portazo.
-Oprah, tenemos un problema. Un problema con el invitado.
Harta de cambiar la decoración cinco veces a gusto de Barney
y de que le surgieran tantos contratiempos, Oprah puso los ojos en blanco.
-¿Y ahora qué quiere ese pedazo de gomaespuma andante?
-Nada, Oprah. El problema es que no va a querer nunca nada
más, o al menos no en este mundo. Lo han encontrado muerto en el bus en el que
venía, al parecer nadie se dio cuenta hasta la hora de llegar porque no deja
que nadie viaje con él en su zona vip.
-¿Ha muerto? Qué fue, ¿un ataque al corazón, lo envenenaron?
–preguntó Oprah curiosa.
-Lo han rajado en canal.
-Oh Dios mío…
-Sí, ha sido horrible, toda la espuma por ahí tirada…
-Espero que lo limpien los de su equipo.
-Desde luego. Pero me temo que hoy no habrá programa, Oprah.
Tenemos a la policía ahí fuera haciendo preguntas a todo el mundo.
Al escuchar eso a Oprah se le cayó el cielo encima. Era
indignante que la policía le impidiera hacer su trabajo. Se dirigió
aceleradamente hacia donde estaban los policías, el bus, su equipo y el del
difunto.
-Agente, ¿qué sucede aquí? ¿Por qué no pueden emitir mi
programa?
-¡Oprah! Soy el agente Bruce Reese, mi mujer es una gran fan
–dijo el polcía estrechándole la mano.
-Reese, ya he interrogado a todos y ninguno me ha dicho nada
interesante ni parecía sospechoso –interrumpió una agente menuda con el pelo a
lo afro.
-¿Has interrogado absolutamente a todos? ¿Y nada?
-Bueno, sí… -dijo la
chica dando un repaso a todos los presentes con la mirada -. Menos a aquella
muchacha de allí, la que esta apartada. Es la que le llevaba los cafés a
Barney, se llama…
-Lilah –susurró Reese más para él que para su
compañera.
-Sí, ¿cómo lo supiste?
-Coincidí con ella en otro caso, la habían quemado viva. Que
alguien me la traiga, me gustaría hablar con ella… ¡Eh! –gritó a otro agente
que se encontraba más cerca de la chica -, ¡Tráemela!
Lilah, que estaba sentada sobre los escalones del camerino
de Oprah, alzó la vista en cuanto oyó gritar a Bruce. Al ver que la señalaban,
se levantó de un salto y comenzó a correr como si la persiguiera el diablo.
Varios agentes de policía corrieron tras ella, incluido Bruce Reese.
La joven les sacaba ventaja, ya que iba tumbando todos los
objetos que tenía a su alcance para obstaculizar el paso a la policía. Poco a
poco se iba abriendo paso hacia la salida, si Bruce no hacía algo para
detenerla iba a perder a la principal sospechosa de un asesinato. Aceleró la
marcha; estaba seguro de que podría cogerla cuando llegara a un puesto de
perritos calientes que había a la salida, ya que debería bordearlo y él la
agarraría por el otro lado. Un plan perfecto si no hubiera sido porque ella
saltó el puesto de perritos, salió a la calle y le quitó la bicicleta a un
ciclista que acababa de parar a beber agua.
-¡Maldita sea! –gritó Reese, que no se daba por vencido. Se
puso en medio de la carretera, paró al primer coche que le vino de cara, sacó
al conductor pidiendo disculpas y fue tras la bicicleta.
La localizó una calle más adelante, era imposible que una
bicicleta ganara a un coche. Ella también debió de darse cuenta y dio una
vuelta brusca cambiando de dirección. Al intentar seguirle el paso, Reese casi
se lleva a otro coche por delante.
Lilah se había colocado justo detrás de él,
y al no conseguir quitársela de encima decidió dar marcha atrás. Parecía que
eso era justo lo que ella quería, ya que soltó la bicicleta y aprovechó para
agarrarse al coche y subir sobre la capota. Bruce paró en seco y ella saltó a
un autobús. Bajó del coche justo cuando una furgoneta de gitanos chocó contra
él. Sin preocuparse por el coche o por los gitanos, que maldecían por su papa,
buscó el autobús en la carretera. Ella ya había desaparecido, había hecho
tarde. Y se habían reído de él.
Bruce volvió cabizbajo al plató, donde todos lo esperaban.
-¿Dónde está la chica? –preguntó la agente afro.
-Escapó.
-¡¡Reese!! –resonó el grito del inspector Rasnick que
avanzaba furioso.
-¿Inspector Rasnick? ¿Qué hace usted aquí?
-¡Reese, eres un insensato! ¿Cómo se te ha podido escapar
una adolescente de 16 años?
-Es más ágil de lo que parece, señor…
-Esto se te va de las manos, Reese. Llevo buscando a esa
chica dos meses, a partir de ahora yo me encargaré del asunto –anunció Rasnick
antes de alejarse tranquilamente con las manos en los bolsillos de su gabardina
beige.
-¿Qué? –exclamó Bruce corriendo tras el inspector- Señor, no
puede retirarme del caso. Es mi caso, quiero decir… yo puedo encargarme.
-No, no puedes. Una adolescente te ha ridiculizado ante
todos y ahora quieres probar sus magníficas habilidades como policía. Esto no
es un juego de niños, Reese, y quedas relevado del caso.
Sin ideas para convencer a Rasnick para que no lo dejasen al margen, Bruce no tuvo otra opción más que volver a su casa.
Y eso haría; volvería a casa, pero no pensaba quedarse de
brazos cruzados. Aquel era su caso y él pensaba seguir investigando la muerte
de Barney y conseguiría seguirle la pista a Lilah. Estaba sentado en su
escritorio cuando sonó el teléfono.
-¿Sí?
-Hola, agente Reese.
¿Por qué siempre tenía que llamarlo por teléfono? ¿Y de
adónde había sacado su número?
-¿Qué quieres, Green?
-Esas no son formas de hablarle a un viejo camarada. He
estado preguntándome… ¿dónde habrá dejado la policía los restos de Barney el
dinosaurio?
-¿Es que tú tienes algo que ver con esto?
-No creo que fueran tan estúpidos como para recoger todos
esos pedacitos de gomaespuma y meterlos en una bolsa de basura. Porque todos
sabemos donde acaban las bolsas de basura, ¿lo sabe usted, Reese?
-No me trates como si fuera un estúpido, maldito chiflado.
-Tranquilo… no es culpa mía que esté frustrado porque lo
haya ganado una niña hoy. Los contenedores de basura son unos lugares muy
peligrosos para colocar dispositivos de incendio.
-¡¿Has puesto una bomba en los restos del dinosaurio?!
-Esa es una forma muy fea de decirlo…
-¡Cabrón!
-Tiene media hora –dijo antes de colgar.
Bruce se apresuró a coger su coche para llegar al plató de
Oprah. Justo al doblar la esquina, se encontró con un enorme atasco.
Maldiciendo, buscó su móvil por los bolsillos de la chaqueta.
-¿Inspector Rasnick? Escúcheme, tiene que evacuar el
edificio… hay una bomba en el contenedor.
-¿Qué estás diciendo, Reese? Creí haber hablado bastante
claro cuando te dije que ya no trabajas en el caso.
-Lo sé, señor, pero tiene que escucharme. Barney Green ha
colocado una bomba en los restos de Barney el dinosaurio, que están en el
contenedor del estudio de Oprah. Estoy en medio de un atasco, no conseguiré llegar
antes de treinta minutos…
Bruce se quedó paralizado cuando escuchó una fuerte
explosión al otro lado del teléfono.
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